lunes, 19 de octubre de 2009

Historia de Sandra

Sandra es una chica muy corriente, estudiante de ciencias económicas, trabaja en la administración de una empresa multinacional. Su sueldo es básico pero le alcanza para bancarse sus estudios y para salir los fines de semana con sus amigos de Capital. Ella vive en Los Polvorines, aún con sus viejos, a una cuadra de la estación de tren que toma todos los días para ir al trabajo.

Todos los días se levanta a las siete de la mañana para tomar el tren de las 7:50, llega a Retiro una hora después y cruza la plaza para llegar a su trabajo. Sube hasta el piso 24 de la Torre Catalinas, saluda a sus compañeros, va a prepararse un café para despertarse, y si tiene hambre compra unas galletitas en la máquina expendedora. Se prepara para un día frente a la computadora, entre asientos contables y mails de todas partes del mundo que le consultan sobre esos asientos que ella misma, o sus compañeros, ingresaron.

A las seis de la tarde se va a la parada del 132 que la deja casi justo en Córdoba y Junín, en la Facultad de Ciencias Económicas. Allí va a tomar un café o se junta con sus compañeros para hacer algún trabajo hasta las siete que comienza la clase de Administración de la Producción. A las nueve corre hacia las aulas que están en el segundo piso para entrar a la segunda materia: Tecnología de la Información. Sale así a las once de la noche, con suerte a las diez y media, y toma el tren para volver a su casa de Polvorines. Al día siguiente todo vuelve a comenzar.

Un día recordó que cuando era más chica había ido a aprender Full Contact, extrañaba esos tiempos, ella siempre había sido mala en los deportes pero cuando conoció a su profesor Carlos Gimenez supo que no era tan mala como había creído. Le encantaba seguir los ejercicios y ver a sus compañeros de nivel más avanzado combatir entre sí. Su profesor también combatía con ellos y un día le pidió que ella se parara frente a él en guardia, por fin le tocaba a ella. Solo tenía 12 años y su maestro era una mole de dos metros, pero a ella no le asustó y lo golpeó una y otra vez. Se preguntaba cómo podía golpear tan fuerte con el muñón de la mano que le faltaba… Pegaba tan bien con la mano izquierda como con la derecha. Él la alentaba para que continuara hasta que estuvo tan cansada que a duras penas podía sostenerse en pie. La última patada la bloqueó con sus brazos pero salió volando hacia atrás y cayó sobre uno de sus compañeros que estaban en el círculo observando la pelea.

“¡Muy bien! ¡Muy bien!” la alentó su maestro y ella que estaba algo dolorida esbozó una sonrisa, jamás iba a olvidar ese combate. Pero pasó el tiempo y ella tuvo que dejar porque los horarios del colegio se ampliaron al entrar al secundario y los contra turnos de la tarde no le permitían llegar a las clases.


Ahora estaba realmente complicada con los tiempos y habían pasado ya siete años desde que lo viera por última vez. No tenía la dirección de su casa, ni sabía si él seguía enseñando o no. Pero confió en el poder de internet. Supo que su profesor había participado últimamente en un torneo, en realidad ella sabía que los que habían participado eran sus alumnos, él ya no combatía en torneos desde que lo conocía. Le mandó un mail al organizador que le contestó con muy buena onda. Él le dijo que desde ese torneo no lo veía, pero que si llegaba a saber algo le iba a avisar.

Pasó un tiempo y al no obtener respuesta decidió ir a la “Casa de la Cultura” donde antiguamente su maestro le daba las clases. Allí le dijeron que no daba más clases en ese lugar pero que creían que estaba dando clases en un club que quedaba del otro lado de las vías. Así fue como le dijeron los días que él iba al club y fue a verlo. Por fin lo encontró después de todos esos años. Él se acordaba pero muy poco de ella, tantos eran los alumnos que habían empezado y dejado que tuvo que hacer un esfuerzo, pero al final se acordó. Ese mismo día comenzó con el entrenamiento. Se dio cuenta de que las veces que había querido retomar con otros profesores no le habían gustado porque extrañaba demasiado a su profesor. 

Pero se encontró con otro problema. Su cuerpo no le respondía. El entrenamiento era muy duro, demasiado, y su profesor no tenía piedad con ella, al contrario, tenía que seguir la misma clase que sus compañeros que entrenaban desde hacía mucho. Un día se le acalambró la pierna y no pudo seguir más, su profesor le dijo que se sentara junto a él y le hizo masajes. Ahora él era más viejo y no seguía la clase con sus alumnos, pero aún así tenía ese mismo brillo en sus ojos.

Entre el laburo, la facu y las clases no tenía tiempo para nada. De hecho pensó varias veces en dejar de entrenar. Pasaron seis meses y su cuerpo seguía sin responderle como ella quería ¿acaso ya estaba demasiado vieja para hacer ese deporte? Quizás debería dejar… Su maestro la quería pero era evidente que no la consideraba para los torneos a gran escala, y eso la deprimía un poco.

Estaba pensando en eso y se le hizo tarde, el tren salía a las 7:50, eran las 7:45, si corría a la estación lo podía tomar y viajar cómoda, sino iba a llegar tarde al laburo. Salió corriendo de su casa, sacó el boleto y casi se olvida el cambio. Corrió hacia las vías, el tren estaba llegando… pero cuando se dio cuenta ya era muy tarde… no vio al tren que venía en sentido contrario.


Cuando vio a la gigantesca estructura de metal abalanzarse sobre ella todo pasó muy rápido, o muy lento… El tiempo pareció detenerse, la máquina estaba a solo diez pasos de ella, y se había quedado detenida como si de un cuadro se tratara. Ella podía moverse, pero a su alrededor nada se movía. Salió de las vías y cruzó, del otro lado el tren que ella iba a tomar también se había quedado frenado como si le hubieran sacado una foto.

¿Qué estaba pasando allí? Vio que los colores ahora no eran tan opacos, ¿los colores? En qué estaba pensando, ¡¡casi la mataba el tren!! ¿acaso estaba muerta? ¿ese era el camino hacia el purgatorio? Todo estaba quieto, la gente que corría a tomar los dos trenes había quedado suspendida en graciosas posiciones.

Pero había algo que sí se movía… vio un gigantesco lobo que la estaba mirando a ella “¿Un lobo en Polvorines? Definitivamente debo estar muerta”. Su pelaje era gris y blanco, pero era muy grande, y tenía unos hermosos ojos azules…

“Por fin has despertado, te estaba esperando”

“¿Quién sos?”

No le había hablado, era como si se hubiera comunicado directamente a su cerebro. Y ella ahora le “hablaba” de la misma forma a un lobo gigante… Esto era demasiado extraño…

“Soy tu avatar y estás en donde ves…”

“¿Avatar? ¿Qué es eso?”

“Vamos, no es tan difícil, soy una parte de ti, esa parte que siempre hizo que te gustara la violencia”

“Una parte de mí… ¿cómo te llamás?”

“Mi nombre es Beowulf”

“¿Y por qué nada se mueve…?”

“Porque detuviste el tiempo”

“¿Yo detuve el tiempo?”

“Sí, no quisiste morir y despertaste a este “otro mundo” frenando el tiempo”

“¿Otro mundo?”

“Sí, el mundo mágico”

“Cada vez me convenzo más de que estoy muerta”

El lobo se acercó a ella, era tan grande que podría haberse subido a su lomo sin problemas.

“¿Acaso no notás que el mundo ya no es como antes?”

“Sí… todo es como… más intenso…”

“Bien, vamos mejorando”

“¿Y ahora qué hago? ¿Cómo vuelvo el tiempo a como estaba?”

“Eso lo vas a tener que descubrir por vos misma” dijo y desapareció.

Ella pensó:
“Se ve que mi “avatar” no es muy amigable, le gusta la violencia y además me deja sola. En fin, tengo que ver cómo voy a hacer para que el tiempo vuelva a su cauce normal. Igual esto es bueno, voy a poder tomar el tren y no voy a llegar tarde al trabajo.”



escrito por Helcawen

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