sábado, 10 de octubre de 2009

Amanda O'Connor

Amanda es una mujer alegre que disfruta de la vida y de los frutos que le da. Mantiene un pequeño hogar en donde vive con su hijo, su tesoro más preciado; maneja una santería, cultiva sus propios vegetales, escribe poesía en sus ratos libres y a veces silba melodías que las transforman en letras.
 
Sus raíces irlandesas estuvieron presentes en su crianza: recuerda en su vieja casa de Palermo un enorme cuadro con su árbol genealógico que llegaba a mediados del siglo XVII. Su abuela le contaba historias de hadas y duendes, de los espíritus de los bosques ancestrales, de los vientos que susurran en la pradera y en el mar, y de ancestros que habían llegado a ser héroes de sus pueblos. Su padre, Patricio, era la viva imagen del idealizado irlandés, con su cabello anaranjado y sus pecas sobre un rostro claro.
 
De pequeña gozaba de una buena salud y de una alegría contagiosa. Sin embargo, los inviernos no era lo mismo: su carácter se volvía más frío y apagado, aunque sin perder ese optimismo que la caracterizaba. Su intuición siempre fue despierta, y fue desde la cuna más emocional que intelectual. Nunca se llevó con matemáticas, pero lengua, música y biología fueron un disfrute constante para ella.
 
Su Despertar fue natural, en todos los sentidos. Cuando la semilla en su interior germinó, aprendió a sentir el pulso de la vida y la energía fluyendo por el mundo. Cuando los pimpollos se mostraron, se conectó con el ciclo de las estaciones y de la vida, y contempló el verdadero color del mundo. Cuando las flores se abrieron, hizo crecer un bello jardín en el que la vida fue exhuberante.
 
Aún así, necesitó instrucción, la cual llegó antes de la germinación, de manos de un anciano de origen español que recordaba sus raíces celtas perdidas en los albores de la historia. El maestro le enseñó la disciplina necesaria para dirigir las energías, leer los ciclos y conectarse con la vitalidad del mundo. Y cuando todo estuvo listo, se esfumó, como si nunca hubiera estado allí. Amanda nunca supo su nombre, aunque se había ganado el apodo de Abuelo.
 
Hoy en día, Amanda se encarga de proveer a los seguidores de la Wicca y la New Age de especias, inciensos, hierbas, alimentos orgánicos, libros de esoterismo, elementos de joyería varios e infinidad de demáses. También enseña a su hijo el verdadero mundo detrás de las grises montañas de cemento y de las grises ilusiones de la gente promedio. 
 
En 2011, Amanda lleva 45 años en este mundo, pero aparenta bastante menos, sobre todo en primavera y verano.
 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario